Historia

Reemplazar policías con mimos

Un mimo de tránsito ayuda a una mujer a cruzar la calle (en una iniciativa de Venezuela inspirada por la de Bogotá). | Associated Press

En breve

De cara a una fuerza policial de tránsito evidentemente corrupta, con muchas muertes por accidentes de tránsito y caos en las calles, el alcalde de Bogotá, Antanas Mockus, desarmó a los policías corruptos y ofreció recontratarlos y reentrenarlos… como mimos.

A principios de la década de 1990, Bogotá era una ciudad en crisis. La pobreza, la corrupción y el crimen eran endémicos, la fe pública en el gobierno había tocado fondo y la vida en la capital se había convertido, para muchos, en una batalla de todos contra todos. Esta era la situación con la que el profesor de filosofía Antanas Mockus se encontró cuando fue electo alcalde – un político poco común con métodos no convencionales (había hecho campaña con un disfraz de lycra de súper héroe) y un mandato extraordinariamente grande para realizar un cambio político radical.

En sus dos gestiones como alcalde (1995-1997 y 2001-2003), Mockus realizó mejoras importantes para Bogotá. Tras lanzar campañas cívicas, que implicaban una participación masiva de voluntarios, la tasa de homicidios descendió en un 70 por ciento, mientras el porcentaje de hogares con acceso al agua potable incrementó de 79 a 100 por ciento.

Los mimos infundieron con éxito el sentido común en las calles de Bogotá, o más bien un sentido de los bienes comunes.

No hay mejor ejemplo de la audacia del alcalde y de su enfoque altamente efectivo que su programa con respecto a la seguridad vial, el cual vio descender los accidentes de tránsito en más de un 50 por ciento. Después de hacer un proyecto piloto con estudiantes de teatro, Mockus despidió a 3,200 policías de las fuerzas policiales de tránsito, notoriamente corruptas, y luego les ofreció la opción de ser reentrenados y recontratados – como mimos. Cuatrocientos de ellos aceptaron la oferta, y cambiaron sus esposas y cachiporras por guantes blancos y una cara pintada.

Cada día, los mimos se metían al tráfico y buscaban oportunidades para dramatizar los conflictos y frustraciones tanto de los conductores como de los peatones. Se amontonaban con desdén alrededor de los vehículos que bloqueaban el paso de peatones, y después hacían gestos como si los volvieran a pintar, haciendo notoria su existencia. Ayudaban a los adultos mayores a cruzar las calles y simulaban empujar fuera del camino a los carros que bloqueaban las intersecciones. Además de los mimos, Mockus también distribuyó 350,000 tarjetas con “pulgares arriba y pulgares abajo”, que los ciudadanos podían usar pacíficamente para expresar su aprobación o desaprobación de la conducta de otros conductores.

A primera vista, parecía una forma absurda de hacer que el tráfico vial fuese más seguro, y Mockus fue ridiculizado en la prensa por ello. Pero gradualmente, al burlarse de conductores y peatones que no seguían las reglas básicas y celebrar a aquellos que sí lo hacían, los mimos se las arreglaron para transformar completamente la cultura vial de la ciudad, infundiendo con éxito el sentido común en las calles de Bogotá, o más bien un sentido de los bienes comunes.

La construcción del medioambiente urbano, un deber usualmente reservado a los ingenieros, arquitectos, desarrolladores y similares, se volvió, bajo el mandato de Mockus, responsabilidad de todos los habitantes de la metrópolis. Sus programas para Bogotá entendían a los ciudadanos como seres políticos que de por sí siempre están participando en la construcción de su ciudad, ya sea con sus buenas o malas actitudes.

“La genialidad del alcalde”, sugiere Raymond Fisman, “radicó en reconocer que dictar una ley más dura o contratar más policías armados sería inútil a la hora de enfrentarse con una cultura que rompe las reglas. En lugar de ello, permitió que los ciudadanos de Bogotá hicieran el cambio por sí mismos. O como el mismo Mockus explica, “el conocimiento empodera a la gente. Si la gente conoce las reglas y es sensibilizada a través del arte, el humor, y la creatividad, hay muchas más probabilidades de aceptar el cambio”. Mockus probó que el humor y la creatividad pueden funcionar donde el castigo que impone la ley ha fallado.

Teoría clave

La cura social

Parte de la genialidad del programa del alcalde fue la forma en la que se aprovechó la presión de grupo para cambiar el tránsito de Bogotá, de una cultura de impunidad a una cultura de cortesía basada en reglas tácitas. Los mimos cambiaron el tono, pero fueron los conductores, cuando se hicieron cargo de las dramatizaciones de estas reglas, - a través de las tarjetas con “pulgares arriba / pulgares abajo” y otros elementos –, los que establecieron un nuevo sentido de lo correcto y lo incorrecto, lo “cool” y lo ”no cool”, que cambió el comportamiento social en todos los ámbitos.

Principios clave

Usar el poder del Estado para fortalecer el poder popular

Como muchos otros políticos, que se ven arrastrados a su oficina con un mandato de reforma radical, Mockus podría haberse puesto simplemente a trabajar de manera usual. Pero no fue así; en vez de eso, utilizó su poder para hacer algo audaz. Él no sólo “desarmó” a la policía de tránsito, un ala del aparato represivo del Estado que había heredado, (lo cual hubiera sido un logro deslumbrante en sí mismo), sino que la reinventó, la volteó de cabeza. Al transformar a los agentes corruptos del Estado en servidores civiles, gentiles y colaborativos, creó un “vacío constructivo” de poder del Estado que dio lugar a un mayor poder popular. La lección: el Estado no “se debilitará” por sí solo, debe ser desmantelado creativamente de forma tal que invite a la sociedad civil a tomar la responsabilidad de su autoregulación como sociedad. Mockus entendió esto y actuó de manera provocativa para empujar esta visión hacia adelante.

Mátalos con amabilidad

A diferencia de los policías, que dependen de la fuerza coercitiva, el único poder de los mimos era su capacidad de regañar o inducir la risa. Gracias a su falta de autoridad y a su vulnerabilidad en medio del tráfico vial, los mimos estaban al mismo nivel de los ciudadanos, y por ello fueron capaces de afectarlos poderosamente. Fue precisamente este terreno común de empatía lo que permitió a los mimos cambiar la cultura vial de Bogotá.